viernes, 15 de octubre de 2010

Despreocupación



Ramón Casas


Era el primer encuentro después de las vacaciones. Los amigos, con sus respectivas parejas, solían reunirse un fin de semana de cada mes para no perder el contacto, pero esta vez Sonia llegó sola. Estaba desesperada porque había sido abandonada por su novio, por su amor. Y de hecho había intentado suicidarse, hacía pocas semanas había considerado muy seriamente llevar a cabo una tentativa de suicidio y en principio, estaban todos muy preocupados, intentando tratarla con delicadeza y entre algodones. Todos decían: "Hay que tener mucho cuidado con Sonia". "... porque ¿y si lo vuelve a intentar?".

Pero Pablo se distinguía de los demás. En un momento dado decidió aplicarle una terapia de choque: "Nada, nada, hay que dejarse de tonterías, nada de tratarla con algodones, hay que aplicarle una terapia de choque." Y entonces se dedicaba, por ejemplo, a burlarse, una burla por supuesto con la mejor intención. Llegada la hora de comer o de cenar, durante ese fin de semana, anunciaba: "Bueno, ya está la comida", y dirigiéndose a Sonia: "Tú no comerás, verdad, tú por supuesto, en tu estado de postración y de tristeza... No se te ocurrirá comer, espero". Normalmente, la reacción de ella era "Bueno... pues sí, yo creo que sí voy a comer", decía ella.

En el rato de la siesta, Pablo, que estaba paseando por el campo, la despertaba tocándole por fuera en la ventana, donde ella dormía, y le decía: "Sonia, soy Ángel (el nombre del novio que la había abandonado). Sonia, soy Ángel que vuelvo, vuelvo a ti, ábreme". Y la despertaba de este modo.

Lo hacía con tanta gracia que su amiga acababa echándose a reír a carcajadas. Y de hecho a partir de aquel fin de semana empezó a recuperarse, puesto que lograr ver la ridiculez del asunto, el conseguir contemplar una ironía ajena hecha con mucha gracia, la ayudó bastante a distanciarse del problema, que solo ella y su cabeza asumían.

Así lo tatareaba Ana Emilia Lahitte: Tenía un grillo entre las sienes y sabía decir mariposa. Lo demás lo ignoraba. Un día descubrió que Dios no era una alondra. Otro día les dijo a las simientes que sería más lindo brotar alas. Al fin
se convenció de que en el mundo hay demasiadas cosas sabias. Y se fue despacito, caminando, caminando hasta el alba.

(La anécdota es de Juan Benet)

martes, 12 de octubre de 2010

Mirando



Imagen de Bullanga


En estos primeros días de octubre atrás quedaban las vacaciones de verano, solo algunos recuerdos y conversaciones con sus amigos rompían la rutina diaria del otoño. Durante los últimos años, el mes de agosto lo entregaba al reencuentro con el viejo hogar, con el paisaje, con la familia, con los otros que tuvieron que emprender la diáspora.

Y mientras paseaba por los arrabales, fuera del recinto donde se movía habitualmente, observando colinas, algún riachuelo pensó en Las Cabañuelas. Los vecinos de su pueblo de origen eran muy aficionados a divulgar los factores que intervienían en la predicción de la meteorología, debiendo aprender a leer con tiempo y una buena dosis de paciencia. Fijándose en indicadores como la formas de las nubes, la dirección del viento, las características del sol, la luna, las estrellas, la niebla, el rocío de la mañana, el arco iris o el granizo...

Y así poniendo en relación tiempo, personas y cosas se alzaron las palabras de una canción de octubre que interpretaban como una serenata sus primos y ella, cuando eran pequeños: "Sal de casa, hermana, tiende la cama, barre el patio, pero sal pronto. Deja la parcela, hermano, aporca las judías, pero sal pronto. Despierta, abuela, canta tu canción al niño, pero sal pronto. Cásate pronto, novia, entra en la iglesia y besa, pero sal pronto. Deja la cama, amante, lava la mancha del colchón, pero sal pronto. Sal del mar, pescador, recoge las redes y los frutos, pero sal pronto. Deja la mina, muchacha, mira el fulgor de las piedras, pero sal pronto. Cierra la boca, maestro, repite la historia del vil renacuajo, pero sal pronto.Deja de cantar, enamorada, clausura el sueño de tu corazón, pero sal pronto. La calle espera. La vida, hermano, hermana, la vida nos espera".

viernes, 8 de octubre de 2010

Día de la Convivencia bloguera. 8 de octubre.




Un ratón salió a navegar en su barco pero no había viento.

El barco no se movía.


“¡Viento!”,- gritó el ratón.
“¡Ven y sopla para que mi barco cruce este lago!”


“Aquí estoy” ,- dijo el viento del oeste.


El viento del oeste sopló y sopló.

El ratón y el barco volaron por los aires…
... y fueron a parar al tejado de una casa .

“¡Viento!”,- gritó el ratón.

“¡Ven, sopla y baja mi barco de esta casa!”

“Aquí estoy”,- dijo el viento del este.


Y el viento del este sopló y sopló.

El ratón y el barco y la casa volaron por los aires…


y fueron a parar a lo alto de un árbol.


“¡Viento!”,- gritó el ratón.

“¡Ven, sopla y baja mi barco de esta casa y de este árbol!”


“Aquí estoy” ,- dijo el viento del sur.

El viento del sur sopló y sopló.

El ratón y el barco y la casa y el árbol volaron por los aires…


y fueron a parar a lo alto de una montaña.


“¡Viento!” ,- gritó el ratón.

“¡Ven, sopla y baja mi barco de esta casa y de este árbol, y de esta montaña!”

“Aquí estoy” dijo el viento del norte.


El viento del norte sopló y sopló.

El ratón y el barco y la casa y el árbol y la montaña volaron por los aires…

y fueron a parar al lago.


La montaña se hundió y se convirtió en una isla.


El árbol fue a parar a la isla y le brotaron muchas flores.


La casa fue a parar junto al árbol.

Una señora se asomó a una ventana de la casa y dijo: “¡Qué sitio tan bonito para vivir!”


Y el ratón se alejó en su barco.



Historias de ratones. Arnold Lobel. Ed. Kalandraka. 2000.


Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.

Martin Luther King

miércoles, 6 de octubre de 2010

Costumbre



la costumbre de ver todo plano de Carlos Mir


Y al abrir la puerta del piso, sintió ese bálsamo aromático y de consuelo que necesitaba los últimos seis días. Colgó su bolso en el perchero, colocó las llaves en la argolla correspondiente y se dirigió directamente al sillón situado frente a la ventana. Después de pasar una semana en el hospital, necesitaba disfrutar de los pequeños detalles que pasaban inadvertidos en su vida: sorber poco a poco un café recién hecho, deletrear e interpretar un poema cualquiera, escuchar su programa de radio favorito, calzarse las zapatillas de deporte sin anudar... no permanecía y continuaba en su casa porque le gustara especialmente, no es que resistiera y cediera en el amor para ser amada, solo necesitaba presagiar la obligatoriedad, las patas de sus muebles, las manillas de las ventanas para apreciar su vida y la fuerza necesaria de cara a los días que estaban por llegar, y "no morimos para morir, tenemos sed y paciencias de animal" (Juan Gelman).

domingo, 3 de octubre de 2010

Extraño huésped



Edvard Munch / Separación


Rayaba el día con tonos azafranados cuando ambos permanecían despiertos pero simulaban continuar dormidos. Tanto él como ella en los últimos meses habían perdido las ganas de dormir, desatendían el momento de echarse en la cama para no coincidir y encontrarse en ese instante tan íntimo e incondicional. Se anticipaban al despertador para que el otro no percibiera el momento de la separación.

Desde su esquina correspondiente en el lugar prefijado de la cama, cada uno con sus ideas definidas y fijadas con claridad, pensaba en el otro. Él: "no te importo una mierda. Sólo estás conmigo porque eres demasiado insegura como para vivir sola, y en lugar de estar contenta por tener a alguien que te adora, coges esos estúpidos enfados y no puedo hacer nada para hacerte feliz. Estoy cansado. Infinitamente. Me pregunto si eres capaz de querer. Quizá no te quieres ni a ti misma. Tengo que fingir que no me importas para que me digas que estás a gusto conmigo, y ya estoy aburrido de fingir y de jugar al escondite, y de no saber si quererte u odiarte".

Ella: "Eres idiota. ¿Por qué no te vas? ¿No ves que juntos sólo nos hacemos daño? Yo tengo miedo de convertirme en una bruja solitaria y paranoica, pero ¿cuál es tu excusa? Te estás volviendo malo. Te estás volviendo como yo y eso hace que te odie más todavía. ¿Por qué no eres tú mismo? ¿Por qué no dejas de pedir mi opinión para todo? Lo peor es no sé si te quiero, no sé si sólo estoy contigo porque me he hecho adicta a tus declaraciones de amor. No quiero ser una cursi. No quiero ser como las demás, ponerme fea, gorda y chillarte porque llegas tarde. No quiero ser tu madre también. Ni mi madre. Quiero que seamos iguales. Quiero poder quererte porque sí, no porque tenga miedo de estar sola, no porque me compres cosas".

Y como epílogo, recordó a Claribel Alegría: Es extraño este huésped, este amor, cuanto más me despoja más me colma. En un santiamén, él se volteó hacia ella y mantuvo los ojos cerrados a lo que ella respondió, uniendo con fuerza sus párpados y revelando una fina sonrisa en sus labios, mientras se aferra a su pecho.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Consideración




Al entrar en la tienda de deportes, casualmente se topó con él. Hacía más de dos años que no se encontraban. Llevaba una bolsa con una caja de botas de montaña en su interior, recordó algunas de sus aficiones, aún permanecían en su memoria: salir a correr por las noches, hacer senderismo, disfrutar del campo, jugar dos días a la semana un partido de fútbol con sus amigos. Se rió levemente, sin emitir sonido.

Mientras se acercaba a él no advirtió ninguna extraña sensación en el estómago, ni la tímida sonrisa que presentaba su cara cuando se enfrentaba a su barba negra. "No, no lo tomes a mal, perdona". El saludo distante y seco, reafirmó la creencia que los últimos meses vagaba por su mente: ya no creía en la verdad, en la belleza y comenzaba a descreer y rechazar el amor. "Más, la frialdad que pongo en mis besos, no es cansancio, ni tedio".

En tanto abordaba su cara en la proximidad del beso, notó la fragancia que formaba parte de su piel, su aliento añejo y el roce de su mano en el hombro, que antaño producía el comezón y apetito de estar a corta distancia de su cuerpo. "Y tu cuerpo tiene el charme necesario para engañar o enlazar. Y tu boca, tiene aroma de claveles, de tarde al anochecer".

Pero al distanciarse y descubrir sus ojos, se deslindaron los límites del asunto para no dar lugar a más confusión: no repitas conmigo películas que ya viste y aún menos, no creas que hay algo importante en lo que haces. "No es cansancio, ni tedio. Es tan solo una certeza que no sé cómo surgió aquí, en mi corazón: no amor, no eres aquel, que mi sueño distinguió... la realidad mintió"*.



* El poema entrecomillado pertenece a António Botto (1897-1959).

domingo, 26 de septiembre de 2010

La pequeña pensión




En ningún momento le creyó capaz de abandonarle, olvidándole como guía de su deseo y admiración. Las campanas de su frente repicaron convencido de que ella permanecería a su lado, de un modo incondicional. Se encontrarón en un pequeño restaurante-pensión, donde merendaban habitualmente. Ella vislumbraba la zona en la que él solía detenerse a comer y descansar pero era imposible suponer que tropezarían en el mismo local.

Las visitas de ambos eran apresuradas e incluso, diligentes sin más demora que breves aclaraciones y comentarios acerca de los distintos menús. Pero tras aprender que las ocasiones son únicas y singulares, ella aprovechó un momento de ilusión y esperanza para aproximarse a él y compartir afición a través de un mensaje a su móvil, en el que anotó algo sobre el menú del día anterior. Inmediatamente, él entendió el juego de palabras.

A partir de ese momento, él se instaló permanentemente en la pensión, alquilando una habitación con vistas a la calle. Ella continuó viajando diariamente, parando en el hostal solo para comer. Mientras, él inició su actividad de decoración y adorno de la habitación para seducirla y cautivarla con la certeza de que ella sospechaba de su presencia en el recinto pero sin tener la veracidad y convencimiento de que era él, el inquilino de ese cuarto especial. Comenzaron notas, avisos, pequeños apuntes entre ambos, intercambiando pareceres, opiniones, vivencias comunes... pero su relación siempre se erigió encima de pilares de humo, por lo aquellas permutas se tornaron en pequeñas esquelas de su amor.

Con el paso de los meses, ella se cansó de tanto viajar y decidió hospedarse en la pensión. Sin conocimientos previos, se instaló e inició su trayecto, con la seguridad de que él la localizaría y tal vez, le prestase cierto impulso y cooperación, pero la única contribución que recibió de él, fue indiferencia, desprecio y desafecto. Y así durante cinco meses, él se encargó de recordarle su incapacidad, su inutilidad, acompañada de cierta pequeñez e impericia.

En el tiempo que compartieron pensión, él cambió de habitación, de ocupante haciéndose pasar por: un escritor afanado, una mujer maltratada, una chica apasionada y enamorada, un poeta transgresor, un caballero enamorado, una chica desencantada y marcada por un gran desamor, un sexólogo, una chica desenfadada, un vengador represalido, un padre de familia tradicional, una chica lesbiana y promiscua... en parte para desorientarla y parcialmente para demostrarle su gran capacidad para crear, su sobredotación elocuente.

Rafael de León lo expresó de un modo muy claro: En el estanque del día se han mojado tus palabras. El «no» sin eco posible de tu voz embalsamada, se está muriendo de frío en los cristales del agua. Tu «no», payaso de circo, dando la vuelta de campana, al hacer una pirueta cayó de la rosa al agua. De nada sirvió el «te quiero» último de mi garganta; de nada sirvió la luna que te mandé iluminada con jazmines de mi llanto y óleo de almendras amargas. Tu «no», de arroz empolvado, se deshojó sobre el agua...