
Siempre tuvo mucho interés por sentirse dichosa y satisfecha con su vida. Comenzó varias carreras, intentaba entender el punto de vista de los demás, llegó a comprarse un balón para aprender algo sobre fútbol y contenerse y soportar los dos tiempos del partido, junto con las prórrogas de este deporte tan maravilloso y extendido entre tantas personas de su entorno. Pero le quedaba algo por aprender: danzar al ritmo de los chispeantes bailes de salón, tal como muchas de sus amistades autistas que trataba.
Su primera clase le impresionó, causando cierto desconcierto e inseguridad. Al colgar su cazadora repleta de ánimo, adentrandose en la sala con el vacío por la falta de control y confianza, ya que estaba convencida que sabría manejarse con cierta soltura y habilidad, se encontró totalmente desorientada, una torpeza desmedida en sus pies incapaces de continuar las instrucciones y pasos del profesor.
Las clases se sucedían y la ilusión junto con el entusiasmo comenzarón a desvanecerse. Los compañeros rehusaban bailar con ella, no hacía más que pisarlos, hasta ese momento no sospechó acerca de la cojera de sus pies. Deseaba encontrar una pareja de baile que le guiase. Ensayaba en casa, con su madre y casi toda su familia. Descansaba el día anterior para que en la sesión de baile estuviera radiante y descansada, con la diadema rosa en el pelo y su pañuelo de colores de vida al sol.
Y así, aquel romanticismo de televisión, con efecto de realidad integral y sexo de caridad y vida social aparente, se reveló como el triunfo de la confusión. "Óyeme tú, que ahora pasas al lado mío y un momento, sin darte cuenta, miras a lo alto y a tu corazón baja el baile eterno. Óyeme tú, que sabes que se acaba la fiesta y no la puedes guardar en casa como un limpio apero, y se te va, y ya nunca… tú, que pisas la tierra y aprietas tu pareja, y bailas, bailas". Claudio Rodríguez.




