jueves, 11 de noviembre de 2010

Sin condiciones




Mientras tecleaba en la máquina de estenotipia para realizar la subtitulación en tiempo real para personas sordas, consideró que si algún día llegara a escribir lo haría para salvarse, ya que nunca se atrevió a hablar, ningún murmullo atendió a sus avisos. Al menos visualmente, las palabras a través de un texto dolían menos o incluso no observaban con cautela, puesto que la trampa que él le tendió y ella se vió envuelta, lo apreció como un bonito engaño.

Tampoco pedía tanto: solo algo de cariño, algo de ternura, algo y mucho de pasión, todo bien mezclado constituía una pizca de amor, un diminuto amor pero tenaz y constante. Se acomodó a su traza diaria por cualquier vía. Su mirada clara y limpia mediante aquellos ojos negros, aojaron su capacidad de discernir un corazón especializado en aplastar hormigas.

Pero él, que no oía o no oía bien, no escuchó su mirada e interpretó sus labios y a pesar de los gestos, semblante, ademanes y guiños, esta vez sobrevino el temible desenlace, sin posibles respuestas. Ni sus cuencos de cristal o los nuevos brotes verdes unidos con la tristeza de la retirada final, le hicieron entender el porqué de aquel final sin viaje en el tren blanco, sin humos, repasando "que la miseria de su corazón se sintiera al fin acompañada".



Escriba libros sólo si lo que va a decir en ellos usted nunca se lo confiaría a nadie.

Emil Michel Cioran

domingo, 7 de noviembre de 2010

Copia pirata



Samuel Montalvetti


Mientras escuchaba las profundidades del océano desde su ordenador, percibiendo sonidos de barcos, delfines, cachalotes, ballenas... a través de doce micrófonos distribuidos en el fondo del mar, pensó que esta vez no escribiría sobre su propio abismo, había muchos asuntos interesantes respecto a los que tratar: temas sobre cosas positivas, grandes hechos heroicos de la gente común o los sacrificios de unas personas por otras o incluso, acerca del amor (no carnal). Intentó inventar algo fantástico y que tuviera romance, drama, secretos y también alguna desaparición.

Pero esta vez no tenía ningún esbozo respecto al tema a tratar. No comulgaba con el fin de semana pastoral y a pesar de la resistencia, no se consideraba un ente que había hundido su persona en el barro. Ese día, más que otros, no se sentía parte de un cuerpo asignado por la historia, ni costilla, ni clavícula, ni ovarios.

Solo pensó en aquel pirata que abordó su nave, entretanto flotaba serenamente en el mar cotidiano invocando su causa perdida. Y se dió cuenta que no amó más de la cuenta, que disponía de la fuerza suficiente para desarmar cualquier leyenda o historia de ficción. Aprendió que no necesitaba más sabiduría que haberle asimilado de memoria, sin comprensión, con alguna regla nemotécnica: piel blanca, pelo rubio, ojos azules, y con alguna ficha rápida o chuleta.

Y entre algunas imágenes que aún retenía, apareció un poema de Ángela Ibáñez:
Me dices que dices no dices que te deje en paz, o tal vez deseas que no deseas dejar de verme. Piel y guerra de palabras en la piel. La verdad de los cuerpos que no descansan en paz. Que mueven y remueven el agua y la marea de sentimientos que no llegan y se retrasan. Erguido navío que lanza al techo su mensaje de sombras y sigilos. Dulce mensaje para los dedos que navegan, por esas aguas levantadas y redondas hacia el horizonte del sur, donde el amanecer empieza a despuntar y el sol parece que sale y termina por levantar.

martes, 2 de noviembre de 2010

Acontecer deseable




Yo llevaré a tu puerta mi astrolabio y mi esfera armilar y mis andadas.
Y llegaré sin dudas ni resabios, sin historia y sin huellas, y sin nada.
Y dormiré al cobijo de tus besos.
Y a la luz tersa de la amanecida carne y carne serán glorioso cepo.

Isabel Rodríguez Baquero




Mientras se desinflaba como un globo, pensaba:

Ojalá, me copees hasta trastornar todos mis sentidos, que mi imagen inunde tu mente. Que me abandone a flor de piel entre tus manos poco a poco en las tranquilas horas de este noviembre entibiado. Ojalá mis hombros se aseguren a tu pecho negro bullicioso. Y mi cuerpo silenciosamente destape primoroso la necesidad del relente.

Ojalá te pueda mirar sin miedo, sin pudor. Amasando día a día mi pasión por ti, atesorando todo tu cariño. Sin necesidad de palabras... que más dá! si ya desciframos lo suficiente. Y así, acabando con el tiempo señalado, consumiendo antojos, sea lícito abrirme a tus ojos, despojarme para ti. Sentirme entre tus brazos como el pan necesario, arrinconarme entre tus límites para que no pueda escapar.

Aunque luego desaparezcas. Aunque nunca regreses. Aunque se mude oscura y rancia mi savia para siempre. Aunque ceda y me rinda.

sábado, 30 de octubre de 2010

El reencuentro



Reencuentro, miradaalarte.com


Se conocieron cuando comenzaron a estudiar en la universidad. Poco a poco, entablaron una buena amistad, entre clase y clase se buscaban y permanecían juntos, estudiaban en el piso que él usaba en común con otros compañeros, paseaban por aquella ciudad desconocida para ambos, compartían cigarrillos y así lentamente, su presencia extendío una transparente neblina sobre ella logrando un preciso encantamiento o tormento. Hubo alguna ocasión en la que asistieron y compartieron ciertos espectáculos que nunca olvidarían, como aquella primera película totalmente creativa e innovadora de cine independiente o la primera exposición de pintura que contemplaron y les sorprendió.

Terminaron sus estudios y cada uno regresó a su pueblo, donde se dedicaron a buscar trabajo y a continuar con su vida. De este modo tan sencillo, cada uno se extinguió como una cuerda tensa que se rompe, con un chasquido seco y terminante. Siempre pensaron que Todavía les quedaría una oportunidad, que esos todavías eran posibles con el derribo de aquel muro que les distanciaba, albergando ciertas esperanzas al respecto.

Con el paso del tiempo cada uno encontró una pareja, rehicieron sus vidas en ciudades alejadas, sin ningún tipo de contacto entre sí, constituyendo sus propias familias. Veinticinco años después los compañeros de universidad se volvieron a encontrar con mucha curiosidad y alegría para celebrar aquel singular aniversario.

Y entonces al regresar al punto de partida, con veinticinco años de diferencia, algunos órganos descolgados, junto con barriga, arrugas, calva incipiente y sobre todo, muchas canas, se produjo el acercamiento. A pesar de todo, él no percibió apenas diferencia y ella lo encontró tan atractivo como entonces.

No se reunían desde aquella época, aquellos años de juventud, contemplandose y revisandose con atención. Hallarse fue un encanto, una necesidad para los dos, una deuda pendiente. Y eso es lo que hicieron a partir de aquel momento, disfrutarse con la intimidad absoluta, bebiendo y sorbiendo de sus voces, de sus cuerpos, de sus besos.

Ana Rosseti prestó y transfirió sus versos: Si con Noviembre un penetrante nardo ahogara los temblores de mis sábanas. Si lágrimas de lluvia diluyeran sucesos anteriores, y de mis ojos cayeran como hojas de otoño, desnudándolos. Si el tiempo desandase hasta cuando era inocente todavía y quieto y transparente. Y si, además, pudiera apresurarse, desplegar el velo que mi mirada contuviera, antes de que la suya alcanzara. Antes de que sus ojos sorprendieran en los míos el hechizo de Lucifer.

lunes, 25 de octubre de 2010

Cartas




Y con los años se amoldó a una pauta muy determinada: soñar y complacerse con la idea de que él retornoba detrás de ella, no le perdía la pista, intentaba a través de distintos reclamos mantener su dedicación y a ella, le gustaba jugar.

Mientras ella giraba a su alrededor, sentía su aliento cálido en ciertos momentos o insensible y hasta en determinadas ocasiones seco, en otros. Ella se detenía y lo contemplaba, a pesar de que conocía su única intención: quemarla y abrasarla, punzando su corazón para conseguir purgar los rechazos que él experimentó.

Él recogía todo lo que ella debaja caer, puesto que aquellos ideales y emociones, ahora perdidos, la vida se ocupó de poner cada cosa en su sitio. Pero ella seguía reyelendo sus cartas y se negaba a creer que el hombre que escribía aquellas palabras no sentía lo que decía.

“Me gustaría subir las escaleras desnudándome como sale en la tele” se decía a sí misma y reía. Esperaba por ver amanecer y así poder mirarle para después no verle nunca más. Eso fue lo pactado.

"En tres o cuatro ocasiones le brindó la oportunidad de hacer, alegre y elegantemente, una transición que a ella le pareció inevitable y él decidió no aceptarla. Lo único que deseaba era tomar de su vida lo más interno y externo que una mujer − una mujer como ella− pudiera dar, durante una hora, de vez en cuando y cuando a él le apetecía; y cuando la hora se acababa, se olvidaba de ella, borrandola de su mente y de su vida, tal como un hombre abandona a un acompañante que le ha proporcionado una distracción pasajera".

Carta de Edith Newbold Jones (Nueva York, 1862 – Francia, 1937) escritora y diseñadora estadounidense. Se casó con Edgard Robbins Wharton, doce años mayor que ella. Durante algunos años, al final de su tumultuoso e infeliz matrimonio, mantuvo un idilio con William Morton Fullerton, periodista que trabajaba en el diario The Times. Fullerton era bisexual, y alternaba su relación con Edith con un romance con el rajá de Sarawak. Ella misma, también bisexual, tuvo un largo idilio con la cantante de ópera Camilla Chabbert. Su obra más conocida es "La edad de la inocencia", que ganó el premio Pulitzer en 1921.

jueves, 21 de octubre de 2010

Clases de baile




Siempre tuvo mucho interés por sentirse dichosa y satisfecha con su vida. Comenzó varias carreras, intentaba entender el punto de vista de los demás, llegó a comprarse un balón para aprender algo sobre fútbol y contenerse y soportar los dos tiempos del partido, junto con las prórrogas de este deporte tan maravilloso y extendido entre tantas personas de su entorno. Pero le quedaba algo por aprender: danzar al ritmo de los chispeantes bailes de salón, tal como muchas de sus amistades autistas que trataba.

Su primera clase le impresionó, causando cierto desconcierto e inseguridad. Al colgar su cazadora repleta de ánimo, adentrandose en la sala con el vacío por la falta de control y confianza, ya que estaba convencida que sabría manejarse con cierta soltura y habilidad, se encontró totalmente desorientada, una torpeza desmedida en sus pies incapaces de continuar las instrucciones y pasos del profesor.

Las clases se sucedían y la ilusión junto con el entusiasmo comenzarón a desvanecerse. Los compañeros rehusaban bailar con ella, no hacía más que pisarlos, hasta ese momento no sospechó acerca de la cojera de sus pies. Deseaba encontrar una pareja de baile que le guiase. Ensayaba en casa, con su madre y casi toda su familia. Descansaba el día anterior para que en la sesión de baile estuviera radiante y descansada, con la diadema rosa en el pelo y su pañuelo de colores de vida al sol.

Y así, aquel romanticismo de televisión, con efecto de realidad integral y sexo de caridad y vida social aparente, se reveló como el triunfo de la confusión. "Óyeme tú, que ahora pasas al lado mío y un momento, sin darte cuenta, miras a lo alto y a tu corazón baja el baile eterno. Óyeme tú, que sabes que se acaba la fiesta y no la puedes guardar en casa como un limpio apero, y se te va, y ya nunca… tú, que pisas la tierra y aprietas tu pareja, y bailas, bailas". Claudio Rodríguez.

lunes, 18 de octubre de 2010

Galantes engaños



Guy Pene Du Bois


Sucede en pocas ocasiones pero su encuentro fue un affaire casual: les presentó una conocida, amiga de otra amiga, entre aquí y allí, ella era del Sur y él del Norte. En un principio ningún sentido se activó pero una sonrisa envuelta en profundos ojos negros llegaron muy próxima a la perfección, consiguiendo que ella entrara en una especie de cuarta dimensión, antes desconocida.

Al principio no le gustaba, imposible pertenecía a otra época, a otro mundo. Era el espejo donde se miraba, podía encontrar en él todos sus defectos: desconocimientos, inseguridades, descuidos, torpezas... disponía de todos los ingredientes necesarios para buscar otro cristal en el que reflejarse.

Y mientras representaban el mejor papel de sus vidas, actuando en un gran salón despacio y con la lentitud suficiente se encontraron y notaron como las veladas comenzaron a tornarse irresistibles, insospechadas y admirables.

¡Alto! -pensó-. Que nunca estuvo allí, que no estaría, ni siquiera llegó alojarse en la capa más superficial del córtex cerebral. Todo fue inventado, ni siquiera él existió o nosotros. No existió ni vivió nada de aquello, nunca.

José María Eguren lo describía con esta suavidad: Mis ojos han visto el cuarto cerrado; cual inmóviles labios su puerta está silenciado! Su oblonga ventana, como un ojo abierto, vidrioso me mira. Como un ojo triste, con mirada que nunca retira, como un ojo muerto.