
Mientras tecleaba en la máquina de estenotipia para realizar la subtitulación en tiempo real para personas sordas, consideró que si algún día llegara a escribir lo haría para salvarse, ya que nunca se atrevió a hablar, ningún murmullo atendió a sus avisos. Al menos visualmente, las palabras a través de un texto dolían menos o incluso no observaban con cautela, puesto que la trampa que él le tendió y ella se vió envuelta, lo apreció como un bonito engaño.
Tampoco pedía tanto: solo algo de cariño, algo de ternura, algo y mucho de pasión, todo bien mezclado constituía una pizca de amor, un diminuto amor pero tenaz y constante. Se acomodó a su traza diaria por cualquier vía. Su mirada clara y limpia mediante aquellos ojos negros, aojaron su capacidad de discernir un corazón especializado en aplastar hormigas.
Pero él, que no oía o no oía bien, no escuchó su mirada e interpretó sus labios y a pesar de los gestos, semblante, ademanes y guiños, esta vez sobrevino el temible desenlace, sin posibles respuestas. Ni sus cuencos de cristal o los nuevos brotes verdes unidos con la tristeza de la retirada final, le hicieron entender el porqué de aquel final sin viaje en el tren blanco, sin humos, repasando "que la miseria de su corazón se sintiera al fin acompañada".
Escriba libros sólo si lo que va a decir en ellos usted nunca se lo confiaría a nadie.
Emil Michel Cioran




