
Y así, con ambas manos ocupadas con un sacho y un rastrillo y conociendo de antemano cómo era la perforación o abertura que hacían los bivalvos, se dirigía a escarbar en la arena de la playa para encontrarlos, pero no siempre podía usar la habilidad que desde bien joven aprendió, pues aquellos agujeros si llovía o hacía mal tiempo, se cubrían por completo por lo que tenía que usar con destreza las herramientas y remover repetidamente la superficie de la arena, buscando los preciados moluscos.
Escucha….El mar enreda sus dedos verdes en los arrecifes.
Es como si tu voz estuviera buscándome
sin encontrarme y sin que yo la encuentre.
Desde lejos, viene a azotarme el rostro tu silencio.
Maruja Vieira
Dependía del descenso del mar para mariscar, de las fases de la luna así como del tamaño del marisco ya que tenían que cumplir con la talla comercial, por tanto, no cogía marisco todo el año. Con el paso de los años adquirió un modo particular y exclusivo de abrazarse al mar.
Había una vez (y fueron tantas veces)
un hombre que adoraba a una mujer.
Había una vez (la vez fue muchas veces)
que una mujer a un hombre idolatraba.
Había una vez (lo fue muchas más veces)
una mujer y un hombre que no amaban
o aquel o aquella que los adoraban.
Había una vez (tal vez sólo una vez)
una mujer y un hombre que se amaban.
Robert Desnos




