
Carecía de antecedentes penales, por tanto, no le resultó complicado conseguir la licencia de taxi. Así se inició en esa nueva faena. Con solo dos o tres mañanas de aprendizaje, lo necesario para adquirir el funcionamiento del taxímetro, los suplementos, las tarifas y poco más, comenzó su andadura por las calles. Y aquella tarde, cuando el pasajero número doce de la lista total de clientes entró en su coche, percibió un olor a tierra mojada, invitando a descalzarse recorriendo toda la arboleda enredándose en las raíces. El usuario pidió que le llevara a una determinada avenida con un número concreto.
Mientras pasaban y se detenían en algunos semáforos y esperaban en otros pasos de peatones, observó sus ojos a través del espejo retrovisor. Después de mucho pensarlo, se atrevió a dirigirle algunas palabras. Un ligero picor aportó una inusual agitación en su lengua, dando una extraordinaria fluidez a su conversación. Se descubrió términos que ella no utilizaba habitualmente, otras palabras charlaban por ella, como si no se reconociera en aquel parloteo. ¿Qué probabilidad tenía él de acabar en aquel taxi? Las mismas que ella de emplear un lenguaje desacostumbrado. Se dedicaron idénticas sonrisas, ninguno se cansó del gesto del otro.
Nadie se había cansado nunca de sonrisas así, de esas sonrisas de reconocimiento que a la vez fingen no reconocer al otro, para seguir el juego, para mantener vivo el interés de la historia a medida que transcurren los acontecimientos. "Como una canción en la radio. La canción perfecta para la ocasión, golpeando en nuestros oídos entre la barahúnda de canciones que suenan por ahí. Podría llegar el fin del mundo y nosotros seguir esperándola, una simple canción en la radio, pero luego un día, de pronto, damos a una tecla y ahí la tenemos sonando, y todo el tráfico del mundo deja de tener importancia".
Cuánto rumor innecesario para una vida tan pequeña, dicen como quien deja demasiados rastros tras de sí. No es bueno, sin embargo, atender a las voces de quienes exaltan el color del cielo queriendo confundir su terror con el mío.
Las últimas palabras que no pronuncié fueron tu nombre, aunque me refería a un alba luminosa. Mírame, no temas: no diré nunca nada de tu vida.
Jenaro Talens
Jenaro Talens fue mi profe de retórica y guardo unos recuerdos suyos que vaya, vaya :) Me alegra relerlo aquí.
ResponderEliminarY en los taxis creo haber vivido experiencias tan inolvidables como esas canciones que mencionas y que te arrastran la sonrisa hasta casa haciéndote olvidar el mundo entero.
Besos, Oliva.
Pues solamente puedo pensar que ya no recuerdo cuándo pedí un taxi.
ResponderEliminarSolía pedir taxis cuando iba a la casa del Amor de Mi Vida. Pena.
ResponderEliminarSi pudiera elegir cuáles van a ser mis últimas palabras... uf... No sé... El epitafio lo tenía elegido, aunque no era una certeza... Umm... Depende. Si me muero con público, y me muero mañana, posiblemente sí. La última palabra sería su nombre.
Ay, que me pongo romántica.
Me quedo con la canción, la complicidad, las sonrisas..., me quedo con la magia sin palabras.
ResponderEliminarA veces, no hacen ni falta.
Muchos besos.
Si nuestra vida es un viaje conseguir compañero en un taxi es muy apropiado, pero conseguir una mirada de esas que describes se convierte en un milagro.
ResponderEliminarLeerte nuevamente es uno de los placeres de mi casa con la luz de la candela de la chimenea y el brillo de tus palabras.
Besitos
Tienes unos blogs, muy buenos...que bien que te he encontrado!!
ResponderEliminarEsplendoroso, mágico relato. Y con ese broche de Jenaro Talens, tan joyita como las que acostumbras a encontrar.
ResponderEliminarMe ha encantado ese cruce de sonrisas, con fondo de una canción que se escuchó siempre...
ResponderEliminarBesos abisales
Qué relato tan bello! Un placer leerlo
ResponderEliminarQue maravilla...un viaje en taxi como espectador...una canción...un momento casi íntimo :)
ResponderEliminarBesote linda
Incluyes todos los ingredientes que me mantienen pegada a una lectura.
ResponderEliminarMe suele gustar hablar con los taxistas :)
abrazos
Buen relato. Yo tengo un taxista que me lleva y me trae al gimnasio. Es de todos los días. Quizás dentro del taxi no pase nada, pero mis experiencias de acontecimientos visto afuera, sí. Unos han sido fuertes.
ResponderEliminarUn beso Oliva. Excelente relato.
Es lo que tiene la profesión, que te encuentras con cada uno...
ResponderEliminarHoy, se me ha dibujado una sinrisa de esas, que no se olvidan, ni cansan...
ResponderEliminarEn esos raros momentos en que aparece lo mejor de cada uno, y ese mejor habla, canta o mira... es posible no reconocernos, pero si, a quien nos dirigimos nos reconoce... y sabe que ese que esta ahi, es el que se esconde tras la mascara de cada dia. Ese es el real.
Besos
Hace mucho que no tomo un taxi,pero siempre doy rienda suelta a la palabra.
ResponderEliminarMe gustó tu relato.
Besos.
Ufff...tremenda la elección de las últimas palabras...tal vez como el poeta...fueran éstas..."perdón"...
ResponderEliminarUn abrazo.
Arwen
¡Que bueno! Trabajé varios años en el taxi y nunca tuve sensaciones similares, aunque me sucedieron casos muy majos y otros pésimos, de todas formas deambular entre el tráfico de una grán ciudad no s nada agradable.
ResponderEliminarUn beso
una canción en la radio que siento que estaba ahí para mí, hoy.
ResponderEliminarComo esa sonrisa de reconocimiento, esa mirada comunicadora.
En la fila de las miradas anónimas, en la fachada de las sonrisas mudas.
De pronto, una está dirigida a mi, como una carta [incluído su código postal]
Tal vez lo interpreto equivocada; pero yo siento el relato como la sorpresa de encontrar alguien interesante, una luz en el horizonte antes del final. Antes de que llegue el término de sus existencias, porque la taxita no tenía ningún tipo de experiencia, era novata.
ResponderEliminarUn beso.
Algún escalofrío se me pegó en la espalda, sintiendo una mirada ahí atrás...
ResponderEliminarno es frecuente diría, pero cada tanto ocurre que un total desconocido te cambia el humor con una simple sonrisa, esa misma que te encontrás devolviendo en forma automática al principio pero que despues, un flash dentro de tu cabeza, te hace entender que nada es casual. Porque ese día y a esa hora te estaba haciendo falta sonreir
ResponderEliminarlindo, muy lindo
te dejo un beso
"... ninguno se cansó del gesto del otro."
ResponderEliminar¡Qué bonito eso! Sentir lo imprescindible de ciertos detalles.
:)
Un abrazo!
Que buen texto.
ResponderEliminaryo tuve un "remisse", durante un tiempo.
Es otro mundo. Pasan cosas.
Un abrazo.
Yo suelo ir en taxi por cuestiones laborales. Y me he encontrado de todo; profesionales muy amables, simpáticos y honrados, pero también me he encontrado con pésimos conductores, listillos y algún que otro conductor bajo los efectos del alcohol. Hay de todo.
ResponderEliminarUn beso enorme.
hola oliva tanto tiempo, como estas?
ResponderEliminarme voy a poner al dia con tu blog
BESO
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarHum! Los espejos retrovisores siempre testigos de las sonrisillas (complices o no) entre conductor y pasajero. ¿cuantas cosas podrían contarnos?
ResponderEliminarBesos.
Creo que las posibilidades de subirse a un determinado taxi, va en función del sitio donde lo cojas, no es igual tomarlo en Madrid que en Don Benito. Igual pasa con las sonrisas y la locuacidad. Hay ojos que invitan a sonreír, que dan confianza para hablar, al igual que otros nos retraen. Si además, de antemano se predispone favorablemente el ánimo, como en esta ocasión, "percibió un olor a tierra mojada, invitando…" es muy natural esa complicidad entre los dos.
ResponderEliminarMe gustó.
Salu2.
A veces sobran las palabras, eso suele ser una buena señal.
ResponderEliminarMientras leía ya estaba dentro del relato.
ResponderEliminarBesos
Sí, alguna vez me he sentido así y es una experiencia grata y extraña a la vez, como si vivieras una situación irreal.
ResponderEliminarBesos Oliva.
No suelo coger el taxi casi nunca, pero normalmente soy muy sociable y entablo conversaciones de la nada y sobre nada, es un don que tengo, me dicen por ahí. Un abrazo.
ResponderEliminarVuelvo a redactar el comentario, por los errores que tenia. Perdona mi torpeza, es lo que pasa cuando no compruebo el texto antes de pulsar, intro.
ResponderEliminarHay momentos que no queremos que acaben nunca, como los que paso en tu blog. Un abrazo.
P.D. Gracias por la amabilidad de pasarte por mi blog y comentar sobre mi comentario. Ha sido una grata sorpresa y un preciado detalle.
Un leve gesto visual que sirve de imán para dos personas en el reducido espacio de un taxi da como resultado un encuentro tierno e íntimo, como el poema que lo acompaña.
ResponderEliminarTe miro y sonrió. Menos mal que esto no es un taxi :)
Un beso, guapetona.
Yo quisiera ser taxista, como forma reivindicativa de la comunicación fácil. Deberían enseñar en las escuelas.
ResponderEliminarBesos.
El amor es siempre un milagro que no distingue tiempos ni lugares, sucede, ocurre imprevistamente y arrasa con todo, casi casi como la emoción que produce una canción en la radio.
ResponderEliminarUn beso.
Que llegue, pues, el fin del mundo.
ResponderEliminarBesos.
Interesante cómo el cambio de contexto nos cambia a nosotr@s mism@s. Sobre todo el lenguaje, es simptomático.
ResponderEliminarMe ha gustado tu relato.
Un abrazo!
Me encanta asomarme a este rincon pasar los minutos contigo. Gracias
ResponderEliminarUn fin de semana más estoy por aquí. Navegando entre tus cosillas. Genial.
ResponderEliminarSaludos y un abrazo.
Un taxi puede ser un pequeño recinto muy provocativo
ResponderEliminarSin duda una feliz coincidencia.
ResponderEliminarEsas cosas a veces ocurren.
Si.
Besos.
que buen relato , me ha encantado, a veces desde el reflejo se suceden cosas que en la mente se viven a concho y en un taxi, pues con mayor razón:)
ResponderEliminaraunque uso el bus y el metro para movilizarme, viajar en taxi es algo que siempre provoca historias y canciones;)
Besitos de luz y mil gracias por las energías, de a poco retomando este andar bloggero:)
que extrañas son siempre las sensaciones que se producen cuando entablamos conversación con un desconocido, sea en taxi o en un ascensor.
ResponderEliminarbiquiños
Es verdad lo del cosquilleo en el alma, cuando deseamos dirigirnos a alguien que presentimos especial o tenemos la sensación de que podría formar parte de nuestra vida. Aunque esta permanencia sea de minutos, días o más duradera aún...
ResponderEliminarBonito post! Me ha encantado venir a visitarte, Lemaki!